En Vaki vemos necesidades todos los días: una meta, una foto, una historia contada en pocas líneas. Cuando Yina Reales, de la Fundación Emprender, me invitó a acompañar la entrega de materiales para reconstruir una de las escuelas del Chocó que logramos financiar con Vaki, dije que sí casi sin pensarlo. Hace mucho quería pasar al otro lado del computador: dejar de ver fotos y textos, y conocer a las personas y sus historias.
Una carrera contra el reloj
Llegar no era sencillo: 11 horas y cinco medios de transporte, literalmente por tierra, cielo, mar y río. Y el margen era mínimo. Mi vuelo aterrizaba en Apartadó a las 12:10 y la última panga hacia Unguía salía de Turbo a la 1:00 de la tarde. Para completar, llovía muchísimo.
En el aeropuerto me recogió Germán Córdoba, que trabaja en la conservación de especies en el Parque Nacional Natural Los Katíos y lidera la fundación Juventud Verde del Darién, que acompaña a los niños de la región. Llegamos al muelle 16 minutos tarde, pero la panga nos esperó. Fue mi primera lección del Chocó: acá la gente se espera.
Durante el camino, Germán me fue contando la historia del territorio y me enseñó sus reglas silenciosas, esas que nadie escribe pero todos conocen. Desde la panga pasamos por comunidades palafíticas donde los niños juegan como si el agua y la tierra fueran lo mismo y saltan de los barcos al río. Las abuelas desenredan las redes junto a sus nietos mientras el abuelo vuelve de pescar. Y las familias ven televisión en salas abiertas a la orilla del río, como si el río también fuera parte de la casa.
Donde los carros no llegan
Unguía es un pueblo de cerca de 15.000 habitantes repartidos en veredas, que vive de la ganadería y de la agricultura de subsistencia. Allá nos esperaban Yina, representantes de la alcaldía y los profesores. Nos subimos a unas motos, mi sexto medio de transporte del día, y seguimos hasta donde los carros ya no llegan: la sede Pasamano.
En Pasamano estudian niños de 3 a 16 años. Las obras ya habían empezado, y las recorrimos con el ingeniero a cargo y con líderes de la comunidad. Se están arreglando las grietas, la mampostería y las tejas de las dos aulas y del baño. También se cambió el piso alrededor de la escuela: estaba tan dañado que ahí se escondían los alacranes.
Por dentro, el colegio tiene un tablero pequeño y menos pupitres que niños. Hay textos escolares viejos y deshechos, un diccionario al que le faltan páginas y unos pocos juegos gastados por el tiempo y la humedad. Libros de lectura hay dos, y son iguales.
Ahí conocí a Maite. Le encanta leer, y ese único libro ya lo ha leído más de 20 veces.
Tejas, paredes… y después, libros y un balón
Los niños hablaban poco y nos miraban con timidez. Compartimos las onces y les pregunté qué querían para su colegio.
Primero me dijeron tejas. Después, paredes.
Les conté que eso ya venía en camino. Solo entonces se animaron a pedir libros y un balón. Un parque también, pero lo dijeron casi en voz baja, como quien pide algo imposible. Y no les quito la razón: todavía ni siquiera tienen un restaurante donde almorzar.
Lo que se pierde cuando no hay escuela
Desde el terremoto, Pasamano pasó de 30 a 20 estudiantes. Andrés, el profesor, me explicó por qué. Muchos jóvenes ya dejaban de estudiar para ayudar a sus papás con el ganado, y sin escuela encontraron la excusa perfecta para hacerlo del todo.
Hablamos también de lo que viene después del colegio. En la región hay una sola universidad, pública, y sus carreras preparan para las pocas oportunidades que existen, casi todas en cargos del gobierno. Faltan programas para emprender, para el campo y para crear valor en el propio territorio.
De regreso pasamos por Santa María, la sede principal de la escuela, que tiene 480 estudiantes y por fortuna no sufrió daños con el terremoto. El rector nos mostró las instalaciones y nos contó que algunos grupos estudian en una casa que les presta un vecino, porque no caben. Y antes de poder construir el salón nuevo, tuvo que levantar un muro para que el ganado dejara de meterse a la escuela.
Lo que me traje
En el morral llevé lo que me cupo: lápices, colores, borradores y esferos. De vuelta me traje mucho más.
Entendí que la distancia lo hace todo más difícil. Pensé mucho en lo que es vivir en un lugar al que las cosas llegan una vez a la semana, en barco. Entendí lo que significa la energía solar en comunidades a las que la red eléctrica no llega, y por qué las escuelas rurales tienen sedes tan pequeñas y tan lejos unas de otras. Vi el esfuerzo de la región por proteger las culturas indígenas y sus lenguas. Conocí lo que es un pueblo pequeño de verdad y el cariño enorme de los chocoanos.
Y me traje una responsabilidad: la de ayudar a unos niños que hasta hace unos días no conocía.
Les prometí libros, un balón y cartas. En silencio me prometí algo más: juguetes, y luchar por ese parque y la cocina. Yo, que vengo de una familia enamorada de los libros, no dejo de pensar en Maite leyendo por vigésima vez el mismo libro. Me comprometí conmigo misma a que esa caja llegue pronto.
Lo que podemos hacer juntos
Pasamano es la primera escuela del proyecto Semilla, y demostró que se puede: casi 80 personas que aportaron en la vaki del proyecto lo hicieron posible, y se unieron miembros de la comunidad, como el ingeniero y su empresa, y la alcaldía. Gracias a eso, en pocos días sus niños vuelven a clases.
Ahora vamos por la siguiente. El terremoto dejó 180 escuelas damnificadas en el Chocó y, con el proyecto Semilla, la Fundación Emprender y Vaki quieren reconstruir 30. Tu aporte, del tamaño que sea, sumado al de muchos más, es la diferencia entre unos niños que vuelven a estudiar y otros que se quedan sin oportunidades.
Te invitamos a aportar en el link de abajo. Y si quieres enviarles un mensaje a los niños, puedes escribirnos a r@vaki.org.
👉 Tú también puedes ser una Semilla: aporta ahora.



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